
Si comparamos la traducción con ciencias como las matemáticas o la biología, surge una diferencia. A través de las ciencias obtendremos la misma respuesta para cada pregunta o fenómeno: 2+2 siempre será 4, H²O siempre será agua…y así miles de ejemplos más.
Ahora, imaginemos que el mismo texto, en el mismo idioma original, es traducido por varios traductores al mismo idioma destino. ¿Qué ocurre? Todos los textos serán, evidentemente, similares en cuanto a contenido y forma, pero cada uno será único. Incluso si una misma persona traduce el mismo texto varias veces, el resultado final raramente será idéntico. El traductor llegará a nuevas ideas de cómo realizar el trabajo, distintas expresiones y terminología…
Esto nos aboca a descartar, al menos inicialmente, a la traducción como ciencia.
Pero si algo hay, en lo que traducción y ciencia se asimilen, es en su «limitabilidad». La ciencia será ciencia siempre y cuando las conclusiones a las que llegue sean demostrables mediante la experimentación (método científico de Roger Bacon). Incluso la, para la mayoría de nosotros, tan abstracta física cuántica es evidenciable mediante experimentos. En cuanto a la traducción: el trabajo de un traductor está limitado no solo por el texto original, al que debe ajustarse para lograr un buen resultado, sino también por las reglas gramaticales, sintácticas, ortográficas…en definitiva, normas lingüísticas de los idiomas implicados.
Aquí surge un problema: ¿Cómo determinamos si una traducción es o no correcta?
Una traducción que se ajuste a las normas mencionadas anteriormente (las que limitan al traductor) y refleje fielmente lo que el texto original pretende transmitir, no puede ser objetivamente tachada de errónea. En este aspecto entra en juego la subjetividad.
Justo lo contrario ocurre con la ciencia. Un procedimiento científico desvela un resultado concreto, en el que un juicio subjetivo no tiene cabida. ¿Cómo determinamos si una conclusión científica es o no correcta? La respuesta está, como he indicado anteriormente, en la demostrabilidad.
Hasta aquí la comparación entre la traducción y la ciencia. Pasamos a analizar la relación con el arte.
El traductor debe respetar tanto al idioma de la obra original como al de destino. Sólo así podrá comprender e identificar inequívocamente el contenido y los matices del escrito original, para después reestructurarlo en el idioma destino. Hay quien defiende que simplemente por esto, la traducción es un arte, ya que consiste en «crear» a partir de un original.
Al inicio del post he comparado la traducción con las matemáticas o la física. Ahora, establezco un «paralelismo» entre la traducción y, por ejemplo, la pintura. A lo largo de la historia han aparecido decenas de movimientos artísticos que tuvieron una gran influencia en la pintura: el cubismo, el realismo, el naturalismo…
Cada corriente artística creaba, en cierto modo, una «ciencia» dentro de sí misma, una ciencia que determinaba las reglas, la forma de hacer, los procedimientos a la hora de trabajar. Esta «ciencia» no surgía de manera espontánea, sino que era impulsada por los propios pintores que buscaban innovar y expresar sus ideas de una manera diferente a lo ya establecido por otras teorías (o ciencias) pictóricas.
También es válida la interpretación de que los artistas no creaban en el estricto sentido de la palabra su «ciencia», sino que se limitaban simplemente a adoptar los principios de una ciencia ya existente (como la geometría en el cubismo o la biología en el naturalismo) para caracterizar sus obras. Así, lo que creaban los pintores era una nueva forma de aplicar un conocimiento científico a la realización de sus obras, no una ciencia como tal.
Por lo tanto, a la hora de realizar su trabajo, si los pintores pertenecientes a por ejemplo, el cubismo, se adecuaban al procedimiento o a la «ciencia» cubista, el resultado era siempre el mismo: obras de una estética muy similar, un «trasfondo común».
En el caso del cubismo, lo más llamativo es que la apariencia de las obras es a primera vista caótica. En realidad, cada elemento está perfectamente estructurado y posicionado para representar lo que el autor pretende, ajustándose a proporciones y formas geométricas. Los pintores cubistas buscaban representar la realidad a través de un lenguaje basado en una ciencia, la geometría. Tal y como dijo el crítico francés Vauxcelles, «estas obras están compuestas por pequeños cubos».

Otro movimiento, el naturalismo, también tuvo su influencia en lo pictórico. Las obras se basaban mayormente en un reflejo fiel de la realidad, fuera buena o mala, el reflejo de la naturaleza tal y como ésta es. Las teorías de Charles Darwin fueron un pilar fundamental para el desarrollo de dichos patrones.

Aplicando esto a la traducción:
- Al igual que el cubismo no tiene que ver, en cuanto a «forma de crear», con el naturalismo y muchas otras ramas, la traducción literaria no tiene tampoco que ver con la traducción científica (aunque ambas estén englobadas en el término <Traducción>). Cada rama pictórica tiene sus métodos, y cada rama de la traducción posee su terminología específica.
- Dependiendo además de los idiomas implicados en una traducción, el traductor deberá adaptarse a diferentes conceptos y culturas para servir de nexo entre ambos, transmitiendo el mensaje del texto original de manera que pierda el menor valor posible y, al mismo tiempo, un lector del texto final no detecte que éste se trata de una traducción. Un ejemplo del choque de culturas: un traductor quiere traducir un libro del búlgaro al español. En el texto original aparece la expresión, traducida, «asentir con la cabeza». En nuestra cultura, dicha acción equivale a afirmar o aceptar algo. Pero en Bulgaria significa todo lo contrario. El traductor deberá, entonces, traducir esa expresión al castellano como «negar o rechazar».
- La ciencia que los pintores «creaban» para sus obras también existe en la traducción. Pero esta vez dicha ciencia no es creada, sino que ya está creada, es intrínseca al procedimiento traductológico. Esa ciencia es la filología. La filología ha ido formándose a lo largo de la historia, con los diferentes pueblos y culturas que han existido y existen. Una cultura y su idioma conforman un «todo» inseparable. Aquí un enlace a un libro en alemán, «Traducción: ¿Origen y futuro de la filología?».

- Así, la traducción es un arte cuyos límites se hallan en la filología. Un traductor no puede proceder a trabajar sin conocer, y adaptarse, a la filología de lo que traduce.
- La traducción es tan arte como la pintura. Sin embargo, mientras que los ejemplos descritos de movimientos artísticos – cubismo,etc.- y las normas («ciencia») que imponen cada uno de ellos son prescindibles a la hora de pintar -o, lo que es lo mismo, no tenemos que ajustarnos a dichos parámetros-, en la traducción siempre está implicada la filología, ya que ésta no es prescindible.